Si hay algo que me fascinó cuando escribí el cuento de Popi, es que más que fantasía, ¡es real!, pues gracias a su grandes humanos, Sandra y Carlos, Popi siempre ha sido partícipe en las actividades que ellos hacen, incluso volar.
Mientras Sandra y Carlos remodelaban su casa, par de veces visitaron una protectora que quedaba cerca de donde ellos viven. Y cada vez que iban, apenas abrían la puerta de la protectora, Popi ya estaba sentado como “esperándolos”. Ellos paseaban a Popi por la tarde y luego regresaban a su casa, hasta que deciden adoptarlo porque les daba pena mirarlo cómo lo dejaban en la protectora cuando finalizaban el paseo y volvían a casa sin él.
Cuando Popi empieza a vivir con ellos, Sandra nos cuenta que era un perro con mucha energía: necesitaba correr por todo el patio y que tenían que hacer con él ejercicios de memoria porque no atendía a su nombre cuando lo llamaban; sin embargo se mostraba un perro muy inteligente y obediente, ya que seguía las normas que sus humanos establecían en casa.
Es un perro muy mimado, siempre viaja con Carlos y Sandra: han hecho camping en las playas y en las montañas. Siempre planifican sus viajes en función de que Popi los pueda acompañar (hasta Carlos le hace un menú especial que guarda en bolsitas para dividir sus porciones).
Tanto Carlos como Sandra se sienten muy afortunados de haberle abierto las puertas a Popi, de haber tomado esa decisión de adoptar aquel animalucho que con tantas ansias los esperaba en el refugio y que ahora es uno más de su familia. Por supuesto, Popi es un perrete con suerte.
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